Madrid, cholismo y la remera verde del Tata

Madrid, cholismo y la remera verde del Tata  El amor en Atlético Madrid por Simeone; las “crisis” del Barcelona de Martino y Racing, un tren descontrolado.  Madrid, cholismo y la remera verde del Tata

“Ya es muy tarde en la Gran Vía. Sin pasta no hay alegría y con pasta, porquería. Mejor me voy a dormir. En Madrid, despierta el día”. Moris (1942); de su tema “Balada de Madrid” (1978).

 

Estoy en Madrid y aquí, cuando se habla sobre Madrid, el tema –lo quiera uno o no– pasa por el Real Madrid. Una realidad binaria donde sólo hay lugar para madridistas y antimadridistas. Más allá de la ciudad que le da nombre, la omnipresencia del club es abrumadora. “¡Hala Madrid! / juegas en verso / que sepa el Universo / cómo juega el Madrid”, dice el himno del Centenario que Plácido Domingo grabó en 2002. La letra expresa, clara como el agua, la filosofía de La Casa Blanca. El mundo les queda chico.

Conozco Madrid. Aquí llegué, huyendo de la crisis del 2001, y me quedé a vivir unos años. Alentado por varios amigos, intenté hacerme del aristocrático Madrid, mientras a fuerza de melancolía, me ganaba el corazón el Aleti, el vecino pobre, un club tan desmesurado como mi Racing. Un spot publicitario con el que el club celebraba su regreso luego de dos años en Segunda, terminó por convencerme. “Volvimos”, advertía el Mono Burgos, mientras levantaba la tapa de una alcantarilla y se asomaba, en medio de la calle. ¡Ese era mi club!

En 2003 se sumó Simeone, héroe del doblete de 1996 –Liga y Copa– y todos lo imaginaban como un futuro técnico. Y así fue. Con Burgos de ayudante, el Cholo logró un arranque de Liga histórico, sobre todo sabiendo la descomunal diferencia de ingresos por derechos de televisación entre lo que recibe el dúo Madrid-Barça y el resto; algo que, de hecho, anula la posibilidad de que un tercero meta la cola, como hace diez lo hicieron Valencia y el Deportivo La Coruña. Simeone armó un equipo sólido, parejo, capaz de pelear hasta el final y sumar más copas.

—¡Que no me hable usted del Bale o del Ancelotti, caballero! Aquí lo que se lleva ahora mismo es el cholismo. Hay que ver a esos chavales saltar al campo con la moral alta como la copa de un pino. ¿Ha visto a Simeone en el campo? Salta, grita, mueve los brazos. ¡Tú ven pa’ quí! ¡Y tu pa’ allá! ¡Tocad! ¡A por ellos! El tío está pasao…

Chema es taxista, colchonero y habla con pasión. Vive, como todos los atléticos, un sueño. Con Simeone celebraron una Europa League, la Supercopa europea y este año les birlaron la Copa del Rey a los vecinos ricos, en el mismísimo Bernabeu. La gente lo ama y con razón. Como decía Vinicius: mientras dure, que sea para toda la vida.

Carlo Ancelotti ganó muchos títulos y sabe cómo dirigir equipos poderosos de gente poderosa: el Milan de Berlusconi, el Chelsea de Abrámovich, el PSG de Nasser Al-Khelaifi y ahora, el Madrid de Florentino Pérez. Que Casillas siga en el banco demuestra que el hombre no come vidrio. Iker, capitán y símbolo, paga el costo político por la feroz interna que mantuvo con Mou y su “clan portugués”. Amaga con irse. Wow. Verlo ganar la Champions con otro equipo sería una pesadilla. Pero que ese equipo sea el Barça –que busca arquero pues se va Valdés–, sería el colmo. ¿Qué es imposible? Mmm… Remember Figo. En el fútbol profesional, todo es posible.

Para colmo, a Ancelotti se le deprimió Benzema, que en lugar de sentirse liberado sin Higuain, no emboca una. La gente, harta, pide a Morata, joya de la cantera; 20 añitos y 1,90 de pura potencia. Bale, el inglés de los millones, es por ahora una incógnita y un problema. Porque juega en el mismo puesto que Di María, un mimado de la gente.

Tal vez para el derby del 26 contra el Barça, Ancelotti –que no pudo repetir equipo desde que llegó– sacrifique al francés y junte a Angelito con Ronaldo y Bale. Necesita ganar y jugar bien. Sin “señorío”, un resultado, aquí, no sirve. Lo supo su compatriota Capello, dos veces campeón y dos veces obligado a irse. Don Carlo, sin carisma, está en deuda. Sumar menos que el Barcelona en la Liga puede tolerarse, pero quedar abajo del Aleti, es pecado mortal. Si no se lleva algo del Camp Nou, la tendrá difícil. Sólo una Champions podría salvarlo.

Como discutirlo es imposible, los madridistas enfrentan el fenómeno Messi con amable indiferencia. Idolatran a Ronaldo, recuerdan que son el “mejor club del siglo XX”, y ya. Se ilusionan, además, con una patinada de Martino que, pese a su arranque espectacular, todavía es mirado con desconfianza en Cataluña. El Barça es una institución tradicional –“Mes que un club”, aclaran en riguroso catalán–, atada a la escuela holandesa de Cruyff, a su discípulo Pep, a Tito Vilanova, a la gente de La Masía.

El Tata sentó a Messi, impuso las rotaciones y alarmó a los fundamentalistas del Barça style con algunos pases en largo. Too much. “Estoy esperando la nueva crisis de esta semana”, dijo, entre irónico y resignado frente a la prensa. Lejísimos de la elegancia cool de Guardiola, Martino hizo célebre “el polo pistacho”, una remera verde que suele usar cuando dirige de visitante. “No hay misterio: mi mujer me la compró en el Corte Inglés y, como ganamos, no me la quité más”, contó, divertido. Por ahora, no le entran las balas. En el derby, Ancelotti y él se jugarán mucho más que un partido.

En febrero de 2002 llegué aquí, angustiado por la crisis y con culpa por haber ignorado, casi, el título que Racing tuvo el mal gusto de ganar en la semana de los cinco presidentes, el 27 de diciembre de 2001. Quizá sea injusto, pero no tengo el mejor recuerdo de ese equipo de Merlo, al que casi no vi jugar. Al que sí vi, recién instalado, fue a Nacho González. Atajaba en Las Palmas y en el Bernabéu se comió siete; cinco goles de Morientes, todos de cabeza, con centros de Figo. Al menos, atajó un penal. “El portero es de Racing, mi club”, advertí, antes. Oh, no. Hay momentos en los que uno debería mantener la boca cerrada.

Acabo de enterarme que Nacho, el de los siete, hará hoy su debut y despedida como técnico. Porque Blanco, que quería un clon de Zubeldía, llamó a Merlo, puro bronce y cuernitos, para detener un tren que va descontrolado, a mil y sin frenos. ¿Si me sorprende? No, para nada.

Es Racing.

 

Esta nota fue publicada en la Edición Impresa del Diario Perfil