Se está hablando más de drogas

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Por monseñor Jorge Eduardo Lozano

Se ha instalado desde hace un tiempo en nuestro país el diálogo sobre las drogas. El abordaje se realiza de diversos modos: congresos, simposios, conferencias, artículos periodísticos, trabajos prácticos en el aula… Y los actores y participantes también representan un amplio abanico de la sociedad: los empresarios, los docentes, los sacerdotes y catequistas, las familias… en fin, todos estamos preocupados. No obstante, todavía no es suficiente. Es un importante primer paso. Si de la preocupación no pasamos a la acción, nos quedamos dando vueltas en torno al diagnóstico, describiendo las diversas situaciones con una mayor o menor carga emocional. Solemos tener un buen espíritu quejoso, pero nos cuesta poner manos a la obra. Reclamamos responsabilidad en los demás, sin una actitud comprometida en lo que está a nuestro alcance. Y así, la realidad se va tornando cada vez más difícil. En cuanto a la búsqueda de soluciones todos somos responsables, aunque en distinta medida. No podemos descartar que en las adicciones también al alcohol y los juegos de azar hay un fuerte componente cultural y social.

 

En cuanto a la primera, el consumismo imperante nos lleva a querer «lo último» en tecnología, ropa… dejándonos siempre con deseos insatisfechos. Incluso para quienes tienen un pasar económico de abundancia, la experiencia de deseos sobre-satisfechos tampoco les alcanza. Algunos dicen «tengo todo, y no soy feliz». Es que los anhelos profundos del espíritu humano no se serenan con cosas. Es curioso que en una sociedad con grandes avances tecnológicos en cuanto a comunicación, las experiencias de profunda soledad sean más comunes de lo que se piensa. Y en cuanto a lo social, también hay mucho por trabajar. La pobreza, el abandono escolar (sea por repitencia reiterada o falta de motivación), la falta de trabajo digno que permita formar una familia, son caldo de cultivo para actitudes de evasión y fuga de la realidad. Un funcionario del área de drogodependencia de una Provincia decía: «Nos va a llevar mucho tiempo para que los jóvenes recuperen las ganas de vivir». El vacío existencial característico de este tiempo es un problema grave. Juan Pablo II decía que «la droga es expresión de un profundo malestar existencial».

 

El aburrimiento y la falta de motivaciones parecen ganar los corazones de adolescentes y jóvenes que encuentran dificultades en plasmar un proyecto de vida a mediano o largo plazo. La valoración excesiva del instante por encima de los procesos de largo aliento es una dificultad seria para imaginar el futuro y marcar rumbos claros para la vida. A muchos adolescentes y jóvenes les cuesta relatar la vida mirando a lo lejos en el pasado o hacia adelante. Cuentan lo que les pasa hoy, mostrando gran dificultad para levantar la cabeza y considerar períodos más amplios. A su vez, mensajes ambiguos generan la idea de que un porro no hace nada, o que hay consumos inocuos. Se promueven de este modo conductas de riesgo que suelen acercar a experiencias de las cuales luego es difícil salir. La imagen del laberinto nos ayuda a graficar esto que estoy diciendo: es muy fácil entrar, pero difícil salir. Una de las mayores amenazas en el desierto es el espejismo. Nos engaña con apariencias y nos hace correr hacia la nada, malgastando energía y sumando decepción. Mientras tanto, quienes se enriquecen son las mafias del narconegocio, organizadas por personas inescrupulosas sin Patria, sin solidaridad, con ambición de dinero y poder. Combatir el delito es tarea irrenunciable del Estado en sus diversos niveles.

 

También es su responsabilidad establecer políticas públicas de educación y trabajo. Aprovechemos para conversar en casa, la escuela, la catequesis, el trabajo, los amigos… y ayudarnos mutuamente. El domingo pasado el Papa Francisco beatificó al Papa Pablo VI, a quien le tocó acompañar a la Iglesia en las deliberaciones y trabajos del Concilio Vaticano II, e impulsar su implementación. De la homilía de Francisco durante la misa te comparto unos párrafos: «Contemplando a este gran Papa, a este cristiano comprometido, a este apóstol incansable, ante Dios hoy no podemos más que decir una palabra tan sencilla como sincera e importante: Gracias. Gracias a nuestro querido y amado Papa Pablo VI. Gracias por tu humilde y profético testimonio de amor a Cristo y a su Iglesia». «El que fuera gran timonel del Concilio, al día siguiente de su clausura, anotaba en su diario personal: «Quizás el Señor me ha llamado y me ha puesto en este servicio no tanto porque yo tenga algunas aptitudes, o para que gobierne y salve la Iglesia de sus dificultades actuales, sino para que sufra algo por la Iglesia, y quede claro que Él, y no otros, es quien la guía y la salva» (P. Macchi, Paolo VI nella sua parola, Brescia 2001, 120-121).